Pero antes de comenzar esta entrevista, Soler bromea y dice que es su voz, "ronca, rara", la que realmente la identifica como la líder de ese grupo de mujeres, que se definen como activistas por los derechos humanos y desfilan vestidas de blanco, a la salida de misa, con un gladiolo en la mano cada domingo.
Desde el 2003 a la fecha, su vida ha cambiado vertiginosamente. "Yo crecí en una familia humilde, mi madre y mi padre eran obreros. Mi padre era estibador y lo perdí cuando tenía siete años. Nací en Jovellanos, Matanzas. Éramos siete hermanos, yo la más chiquita. Mi madre lavando, tejiendo, limpiando...Tenía dos hermanos mayores que nunca confiaron ni creyeron en el gobierno cubano", cuenta.
Confiesa que "como estudiante, nunca fui excelente", aunque se graduó de técnico medio en microbiología y dejó la universidad casi a punto de graduarse, en la especialidad de Bioquímica. "Pero cuando empiezo a trabajar, era muy buena trabajadora", aclara.