"Dos pesos el pipí, diez el popó", así dice un cartel situado encima del inodoro de una casona del Vedado. El servicio lo cuida un anciano de 78 años que me dijo ser un ex policía que trabajaba en la Técnica Canina. Sus clientes son transeúntes perseguidos por la urgencias de sus esfínteres y los borrachos de un bar cercano, que tiene el servicio sanitario clausurado.
Dos pesos el pipí, diez el popó
Así dice un cartel situado encima del inodoro de una casona del Vedado. El negocio de los urinarios en Cuba se ha convertido en uno muy rentable.
No ha solicitado licencia porque teme que el tributo que le exigirán sea muy alto. Hay días en que recauda unos cuarenta pesos, aunque el promedio oscila entre 25 y 30, una cantidad que, unida a su chequera de 370 pesos, le permite llevar una vida sin lujos, pero no miserable como la de la mayoría de sus colegas ya jubilados.
El anciano tiene un sistema peculiar para que no le pasen gato por liebre: siempre lo acompaña un pastor alemán de aspecto temerario que comienza a gruñir al menor síntoma de evasión del pago.