A las afueras del edificio, una zanja lleva las aguas albañales calle abajo. Varios niños saltan de un lado a otro del apestoso canal mientras la tarde cae en Micro 7, un barrio del santiaguero distrito José Martí. Hace apenas unos años los vecinos señalaban hacia el número nueve de aquel tosco bloque y decían: "Allí vive el corresponsal del periódico Granma". Hoy, la familia carga con el estigma de que el periodista está en la cárcel, donde purga una condena por espionaje.
El espía que nunca quiso serlo
Los escalones son toscos y desiguales. Arriba una reja improvisada cubre la puerta de la casa. Toqué por largos minutos, pero nadie abrió. Mayda Mercedes, la esposa de José Antonio Torres, Tony, solo me recibió al otro día, con cierto temblor en la voz y mirando hacia todos lados. Allí logré acceder por primera vez a la sentencia judicial que hizo que el destino de este hombre se torciera, al decir de un bolero, "como débil varilla de estaño".
El reportero oficial nunca imaginó que su cumpleaños 45 lo pasaría tras las rejas. Después de graduarse como periodista en 1990, su carrera solo había conocido el éxito. Se desempeñó como subdirector de Tele Turquino, corresponsal de la Agencia de Información Nacional, del Noticiero Nacional y posteriormente del diario Granma. Fue comentarista deportivo, secretario general del núcleo del Partido Comunista de los corresponsales en Santiago de Cuba e, incluso, su trabajo fue alabado públicamente por Raúl Castro. Todo apuntaba a que escalaría alturas profesionales más cercanas al poder y mejor remuneradas.