JARUCO, Cuba.- En los años 70, cuando Cuba se ufanaba de su ateísmo y miles de jóvenes abandonaban la fe, el joven padre “Juanito” desafiaba al gobierno y salía por los lodosos pueblos de provincia con boletines impresos por él mismo, dando catequesis en los hogares que tímidamente no le cerraban la puerta.
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En un ambiente crispado contra las religiones, el recién ordenado sacerdote fue tolerado gracias a su temperamento reflexivo, de escasas palabras pero firme, y que escuchaba sin confrontar. Esa habilidad le sirvió también cuando, convertido en obispo de Camagüey, inició una labor que combinó la atención a las embarazadas o ancianos con cambios en los recorridos de las procesiones para que abandonaran las bonitas calles y se internara en zonas populares.
Ahora monseñor Juan de la Caridad García, convertido desde hace un mes en el nuevo Arzobispo de La Habana, la diócesis más importante de Cuba, estará a cargo de negociar con el gobierno, mientras se espera que su labor fortalezca a una iglesia con poca feligresía, pero tan poderosa diplomáticamente como para haber sido parte del acercamiento entre Cuba y los Estados Unidos.