Pero, ¿quién es este hombre de aspecto anodino, baja estatura y célebre facundia, todo un semidiós para los residentes de ese nicho fundacional de la capital?
Eusebio Leal desanda La Habana
La historia que se teje en su torno tiene visos de leyenda, a veces tan grises como las ropas que él suele usar en ese empeño por mantener una imagen de austeridad y modestia que contrasta fuertemente con el verbo apasionado y las poses de declamador de quien es muy adicto al auditorio. La suya es una biografía confusa en la que se entrelazan rumores y realidades imposibles de deslindar con exactitud. Sin embargo, verlo caminar de un lado a otro incansablemente entre las añejas calles, visitando las obras de restauración, los museos y las plazas, en un inigualable despliegue de ubicuidad, recibiendo y devolviendo amablemente el saludo de todos, ofrece la equívoca impresión de que se trata de alguien conocido y cercano.
Leal es un enigma alrededor del cual se trenzan confusas historias. Según su propio testimonio, fue discípulo de Emilio Roig de Leuchsenring, primer Historiador de La Habana, fallecido en 1964, cuando Leal sólo tenía 22 años. Sus detractores, en cambio, señalan que esto no es cierto, que en realidad Leal era apenas mensajero de una farmacia sin formación intelectual alguna y que logró fabricarse a sí mismo como heredero del legado de Roig gracias a la conjunción de dos sucesos afortunados: la posibilidad de lograr una dispensa del ministro de educación que le permitió, teniendo vencidos solo estudios primarios, matricular en la Universidad de La Habana para cursar la Licenciatura en Historia, de la que se graduó en 1979; y al apoyo que recibió de la viuda de Roig, quien puso en sus manos todos los archivos de su ilustre esposo, de los que dispuso Leal con toda libertad gracias a su indiscutible inteligencia y a su disciplina como autodidacta.