Apenas días después de la caída del dictador cubano Fulgencio Batista en 1959, dos de los revolucionarios más famosos del mundo, Fidel Castro y el Che Guevara, entraron en La Habana Golf Club y, todavía vestidos con uniformes militares, se tomaron en broma una diversión burguesa de los ricos: jugaron al golf.
La pareja practicó con los putts, con los distintos palos y, probablemente, conversó acerca de sus planes para cerrar una docena de clubes que habían sido el patio de juegos de los turistas estadounidenses ricos. Los tanques de la revolución de Castro no tardaron en llegar a los campos de golf, la mayoría de ellos destinados a convertirse en instalaciones militares o escuelas. Medio siglo más tarde, el juego ya no sería un paria capitalista.
El reciente anuncio del presidente Barack Obama de que Estados Unidos terminaría con las restricciones comerciales de larga data con Cuba y normalizarían sus relaciones diplomáticas, pone al golf en la vanguardia de los proyectos de inversión internacionales que esperan poder realizar en la isla.