En el Reparto Eléctrico, El Calvario y sus alrededores, a juzgar por el acento cantarín de numerosos vecinos, uno pudiera creer que no está en La Habana sino en Mayarí, Buey Arriba o Alto Songo. Pero a juzgar por la música que se escucha a todo volumen en muchas casas, también pudiera ser Ciudad Juárez, Tijuana o Michoacán.
Los narco-corridos de un barrio de La Habana
Mariachis, rancheras y corridos mexicanos se escuchan a toda hora en mi barrio. Y también narco-corridos. Como los de Los Tigres de Culiacán y los Tucanes de Tijuana, con los que atruenan el aire, los fines de semana o cuando tienen algo que celebrar o lamentar, ríos de alcohol mediante, un grupo de jovenzuelos, de aspecto patibulario, a unos pocos cientos de metros de mi casa.
Los narco- corridos, que conocieron a través de los seriales de capos, han sustituido en su gusto a las repetitivas bachatas de Aventura y al reguetón, que ya les empezaba a aburrir. Rudos y pendencieros como son, pero bien sentimentales, las hazañas cantadas de sus ídolos pandilleros de la pantalla les vienen como anillo al dedo para soñar, envalentonarse y consolarse.