Surgidos como hongos tras la lluvia luego de las reformas impulsadas por el gobierno de Raúl Castro, estos comercios están entre los negocios más florecientes de la isla. Y, como en otros ámbitos de la vida diaria, reflejan su disparidad: hay desde aquellos instalados en humildes viviendas hasta otros en céntricas avenidas repletos de onerosos productos importados.
“He tratado de abarcar toda una gama de necesidades”, explicó a The Associated Press, Juliana Natividad Hernández, de 52 años, quien en 2012 convirtió el recibidor de su hogar en una tienda llena de los objetos que se requieren en las ceremonias de santería. “Se ha mercantilizado mucho la religión. Algo tan sano, tan bonito”, se lamentó.