Cuba permaneció en la lista tras la caída de la Unión Soviética, a pesar de que Fidel Castro dejó de ayudar a los movimientos insurgentes y aun cuando el enfoque global de la lucha contra el terrorismo giró hacía el Medio Oriente. Para los observadores internacionales, el lugar de Cuba en esa lista es una reliquia de la Guerra Fría y una demostración del poder de los enemigos del gobierno comunista cubano en el Congreso de Estados Unidos.
Para Cuba, el permanecer en esa lista se convirtió en un poderoso símbolo de lo que muchos en la isla consideran cinco décadas de una campaña de intimidación de parte de la superpotencia del norte.
Ahora que los dos países han acordado poner fin a medio siglo de animosidad, el presidente Barack Obama dejó claro que sacaría a Cuba de esa lista cuando anunció la nueva política exterior norteamericana hacia la isla, en una alocución televisada a finales del año pasado, donde dijo que "en una época en las estamos enfocados en las amenazas que representan Al Qaeda o el grupo Estado Islámico, una nación que cumple con nuestros requerimientos y renuncia al uso del terrorismo, no debe enfrentar esta sanción".