El turista de Carolina del Sur había interrumpido su viaje a Cuba dos años antes cuando sufrió una brusca pérdida de sensibilidad de sus cuatro extremidades minutos después de ir a la cama en el mismo hotel donde se alojaban los empleados de Washington. No eran las únicas similitudes. Convencido de la necesidad de relatar los hechos, Allen se sumó a una lista creciente de estadounidenses que se hacen la misma pregunta alarmante y para la cual no hay respuesta: ¿también nosotros fuimos víctimas?
Tal vez la inexplicable enfermedad de Allen, que se prolongó durante meses y desconcertó a media docena de neurólogos en Estados Unidos, no tiene relación alguna con lo que sea que haya afectado a al menos 22 diplomáticos, agentes de inteligencia y sus cónyuges durante el año pasado. Pero para La Habana y Washington, la importancia es la misma.