Derribar monumentos y desmontar estatuas o figuras de los mismos, demuestra incultura y falta de respeto por quienes lo ejecutan. Los monumentos recuerdan hitos importantes de la historia de los pueblos, unos para bien a modo de homenaje, y otros para mal a modo de recordatorio.
¿Volverá el águila?
No hablo de los erigidos por personajes vivos o por sus seguidores, en función de sembrar el culto a la personalidad, que tanto daño ha hecho y continúa haciendo en algunos países. Recuerdo a un Lenin multiplicado en todas las plazas, parques y lugares públicos de la extinta Unión Soviética y, en nuestro país, la cabeza de Martí producida en serie hasta de plástico, colocada en los lugares más inverosímiles y menos apropiados. Son cosas que suceden.
En los primeros años de la Revolución, las autoridades practicaron el derribo de algunas estatuas y monumentos, que no eran de su agrado o no respondían a sus intereses políticos e ideológicos, la mayoría de las veces con el beneplácito de la población. Entre los afectados se encontraron los dedicados al primer presidente de la República Don Tomás Estrada Palma, al presidente norteamericano, participante en la Batalla de la Loma de San Juan en Santiago de Cuba, Teodoro Roosevelt, al segundo presidente José Miguel Gómez -posteriormente restituida-, al cuarto presidente Alfredo Zayas y a las Víctimas del Maine, del cual fue retirada y dejada caer desde lo alto de su emplazamiento, el águila de bronce que lo coronaba, haciéndose añicos contra el suelo.
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