Este Black Friday no verá las estampidas habituales de compradores en la madrugada, cuando se abren las puertas de las grandes tiendas. Desde que la pandemia de COVID-19 devastó el comercio minorista, con cierres de los puntos de venta, hasta que lentamente se aplicaron protocolos de seguridad para reabrirlos, no se puede simplemente entrar a un Macy’s o un BestBuy cuando uno —o miles— quiere. Los lugares tienen un límite a la cantidad de clientes que pueden circular por sus pasillos; es necesario mantener la distancia social.
La historia del Black Friday en EEUU, la gran tradición de compras que se mantiene aun en el año del coronavirus
Difícilmente, entonces, se registren noticias como la muerte de Jdimytai Damour, un empleado de Walmart en Valley Stream, Nueva York, quien fue aplastado por 2.000 consumidores indomables que se abalanzaron sobre la entrada a las 5 de la mañana del Viernes Negro de 2008. Dos metros de distancia permiten, al menos en teoría, que haya tiros, como el que recibió en la pierna una persona en 2013, en un Target de Las Vegas, Nevada, mientras defendía su televisor comprado con descuento de la ambición malhechora de un frustrado; o un poco de gas pimienta, como el que usó una californiana de Porter Ranch en 2011 para abrirse paso hacia una Xbox 360.
Porque aun con un aumento preocupante de los casos de COVID-19 —que superan los 12,5 millones, con más de 2.000 muertes por jornada, algo que no sucedía desde mayo— el día de los grandes descuentos en los Estados Unidos se mantiene. Para los comerciantes es el inicio de la temporada de ventas las fiestas, que salva cada año y en 2020, tras la crisis económica que trajo la crisis sanitaria, con muchos comercios en bancarrota —no solo pequeños: también, por ejemplo, JC Penney—, parece más necesario que nunca.