El Cine Chapultepec, donde ahora se alza un rascacielos conocido como la Torre Mayor de la Ciudad de México, era impresionante. A mis ocho años, mis ojos incrédulos veían a su vestíbulo art decó como digno de un palacio. Su sala era aún más imponente, parecía extenderse hacia el infinito.
Lo más sorprendente era que esa tarde la sala estaba bastante llena con familias que iban a ver la más reciente comedia de la India María. La solemnidad del edificio contrastaba con las risas que provocaba cada una de sus apariciones en pantalla. La India hablaba con su acento autóctono y la gente reía; la India se caía y la gente reía; la India se metía en enredos y la gente se reía.
Yo también me reí porque parecía imposible que la India María, tan bajita y con un atuendo tan pesado y tan lleno de bombachos, pudiera hacer esas peripecias, esas maromas y acrobacias.