Es mediodía. En el escurridero de la cocina de Maritza Gallardo, en el reparto Casino Deportivo, a quince minutos en auto del centro de La Habana, se descongelan cuatro trozos de pavo. Regados por el piso, un puñado de plátanos verdes aguardan ser pelados por sus hijas y nietas, que ahora no están para la faena, y se van a bailar reguetón en la sala, donde un equipo de música revienta los tímpanos.
Mientras las jóvenes bailan despreocupadas, un tipo de vozarrón gutural, ya en la frontera de la ebriedad, canta desafinadamente al compás de Alexander y Gente de Zona, "el arroz con habichuela, Puerto Rico me lo regaló, Miami me lo confirmó". Y mueve las caderas con una botella de cerveza Cristal en una mano.