La noche apenas se insinúa en el horizonte y una patrulla policial cubre de luces rojas y azules los contornos de la Calle 8. Un agente examina el vehículo de un chico delgado y ojeroso, visiblemente preso de los nervios. Es probable que el uniformado esté buscando drogas o armas en el auto deportivo del muchacho.
A media cuadra una prostituta ofrece sus servicios levantando su corta falda, en actitud seductora, a conductores que conscientemente transitan despacio por la zona, mientras otras dos mujeres, también escasas de ropas, conversan bajo el techo metálico de un paradero de buses. Al frente, como espectadores silentes, están los muertos descansando en paz.
La escena parece copiada de una canción del panameño Rubén Blades, pero no: es un hecho real y recurrente en la zona que colinda con el cementerio Graceland Memorial Park, cuyas aceras se han convertido en pasarela de mujeres que obtienen el sustento diario gracias a sus atributos físicos y, noche tras noche, de algún modo, burlan los controles de la policía.