Yaquelín es una boliviana que todas las mañanas llora ante la posibilidad de que puedan separarla de sus dos hijas. Su angustia es tan grande que ha dejado de ir a la playa y a reuniones sociales, sólo se desplaza en autobús y sale de su casa para lo necesario.
Reyna y Yaquelín, que pidieron no ser identificadas con apellido por temor a ser detenidas, son extranjeras que viven ilegalmente en Estados Unidos y han optado por esconderse y aislarse. Como ellas, muchos otros se sienten paralizados ante el fantasma de las deportaciones que revivió la llegada al poder de Donald Trump y que se exacerbó cuando el alcalde de Miami dijo que el condado no era una comunidad "santuario", como se autodenominan aquellas que_como Chicago, Dallas, Los Ángeles, San Francisco y Nueva York— han prometido proteger a sus inmigrantes.
El temor de estos inmigrantes los hace sentir perseguidos y vigilados; les preocupa que su aspecto hispano propicie que un policía pueda detenerlos y allanar el camino a su deportación.