Osvaldo González y Alberto Arias, amigos y socios, terminaron debajo de un paso peatonal de Miami el jueves de la semana pasada por la tarde, igual que tantas otras personas que realizaban despreocupadamente sus tareas cotidianas.
Una adolescente se dirigía a un consultorio médico para recoger una medicina. Un hombre, padre de tres niños, se encaminaba del trabajo a su casa. Una mujer que iba a hacerse las uñas se detuvo en una luz roja. Segundos, o centímetros, decidirían quiénes vivirían y quiénes no.