Muchos de los manifestantes llegaron a las protestas con camisetas brasileñas amarillas y la bandera de Brasil sobre los hombros para marchar pacíficamente por las calles del país. Algunos cargaron mantas y pancartas en las que pedían un golpe militar para sacar del poder a Rousseff y al gobernante Partido de los Trabajadores, su gabinete y aliados en el Congreso. Lanzaban consignas como "¡Fuera Dilma!" mientras otros cargaban carteles con mensajes acusando a Rousseff y a su antecesor, Luiz Inacio Lula da Silva, de corruptos.
El ministro de Justicia José Eduardo Cardozo sostuvo una rueda de prensa después de las manifestaciones para anunciar que el gobierno estaba dispuesto a dialogar y al mismo tiempo presentaría un paquete de medidas para combatir la corrupción. Sin embargo, invalidó los llamados a la destitución de Rousseff.
"Brasil vive un Estado democrático, un Estado que permite la divergencia, que admite la existencia de opiniones contrarias y que de hecho está lejos de cualquier alternativa golpista", dijo Cardozo. "El gobierno guarda la disposición que siempre ha tenido de escuchar las voces de la calle, las manifestaciones de los brasileños y brasileñas y de siempre estar abiertos al diálogo".