Simoes Madeira, una joven de 16 años de los indígenas terena del centro de Brasil, con ojos grandes y una sonrisa aún más amplia, era una de más de 60 mujeres y jóvenes que participaban en el "desfile de la belleza indígena" en los Juegos Mundiales Indígenas de Brasil.
Sumamente delgadas o corpulentas, envueltas en pañuelos y faldas que les llegaban a los tobillos o con sólo una tanga y pintura corporal, encarnan los cánones de belleza de los primeros pobladores de Brasil y de otros países como Panamá y la Guyana Francesa.
Algunas de ellas se tomaban muy en serio el contoneo al caminar, moviendo las caderas al llegar al final de la pasarela y lanzando miradas provocativas que habrían enorgullecido a Gisele Bundchen. Otras se veían avergonzadas, casi acobardadas, mientras las cámaras las retrataban.