Se ven niños con uniformes escolares, vendedores callejeros que ofrecen frutas coloridas y pimientos desde sus carritos, ropa que cuelga en los patios y perritos tomando sol en las aceras. Hay colas en las oficinas del gobierno que lidian con el servicio telefónico y en los bancos, y bicicletas que transportan gente de un lado a otro por calles estrechas. De vez en cuando se escucha a algún gallo, el trino de pájaros enjaulados, música de salsa o el ruido del motor de un auto viejo. Atención con los tubos que asoman por las ventanas: puede bañarse con agua que está siendo usada en la limpieza de una casa.
Casi todas las calles parecen tener algún cartel anunciando un sitio con valor cultural o histórico. La calle O'Reilly, por ejemplo, nombrada en homenaje a un irlandés que gobernó las colonias españolas y que se casó con una mujer de una prominente familia cubana, tiene una placa con una alusión bastante poética a las historias de Irlanda y Cuba: "Dos pueblos de isla en el mismo mar de lucha y esperanza".
Muchos edificios se encuentran en un estado terrible. No es inusual ver el cielo a través de construcciones sin techo, de las que la fachada es casi lo único que queda, o pilas de escombros en las calles. Pero otros sitios han sido meticulosamente restaurados, especialmente los que se encuentran alrededor de las plazas del sector oriental del barrio, que se extiende hasta el agua. Pase algunas horas caminando por la Plaza Vieja, la Plaza de Armas, la Plaza San Francisco y la plaza de la Catedral. Allí encontrará numerosos museos y otras atracciones, incluidos el Museo del Ron, que ofrece al visitante un traguito al concluir el paseo, y el Hotel Ambos Mundos, donde se puede hacer una rápida visita a una habitación en la que se alojó y escribió Ernest Hemingway.