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Políticamente incorrecto

OPINIÓN | PAISAJE ANTES DE LA BATALLA

Al final, es una batalla por el alma de la nación. En eso coinciden liberales y conservadores. La división es radical. El 3 de noviembre del 2020 quedará en la historia como el comienzo de una dramática transformación para Estados Unidos. Esta vez, aunque ojalá incruenta, no habrá tierra media en una colosal confrontación civil.

Paradójicamente, tras la derrota de Hillary Clinton en el 2016, fue Joe Biden el único líder demócrata que destacó los errores de su partido. Sorprendió al decir que esos obreros de Pensilvania, esos agricultores de Indiana y Tennessee, no eran racistas, misóginos, homofóbicos, en fin, deplorables. Hillary, y su cohorte de intelectuales (muchos, por cierto, sin dote de intelecto), no sólo desatendieron los reclamos de esa tradicional base, sino que, al igual que Obama, hicieron mofa del apego a sus costumbres, sus creencias y sus armas.

Lejos de corregir su rumbo, los demócratas siguieron ahondando un cisma cultural y moral que arrastra a las minorías en una autodestructiva cruzada contra la mayoría. Sin un programa viable de gobierno, la elite liberal apela al recurso totalitario de manipular la percepción de la realidad. Gigantes de la comunicación como Twitter, Facebook, CNN y The New York Times, entre otros, ejercen las funciones de leales órganos de censura y propaganda partidista. A su vez, la academia produce una mezquina reelaboración histórica de Estados Unidos y certifica los talking points de las turbas de guardias rojos que pintan de racismo el menor intento de debate y convierten al dueño de un grocery en Chicago y a un mecánico de Alabama en corruptos explotadores obligados a purgar, de manera simbólica y material, su “privilegio blanco”.

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