Todos los cubanos son músicos. Y poetas también. La música forma parte de la vida común. Una guitarra convoca tanto como un líder político. Pero donde los discursos dividen, la canción une. A veces. Cuba ha puesto a bailar al mundo entero con sus ritmos, pero en la isla el baile es cosa seria. Tiene razones más profundas que la mera diversión.
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Antes de la revolución, la música popular cubana había escapado, generalmente, de la controversia ideológica. Lo que sucede es que los totalitarismos no dejan cabo suelto, mucho menos una pasión popular. El régimen dividió la vida cultural entre los que se alinearon y los que se alienaron, es decir: entre los que se quedaron y los que se fueron, ya sea del país o del sistema.
Por eso, los que nacieron después del cisma, se quedaron sin escuchar, ver o leer a grandes artistas tachados de traidores. Crecieron al ritmo de otros tiempos. Y esos tiempos parieron una nueva canción. Los medios masivos, monopolizados por el Estado, privilegiaron los himnos a las melodías amorosas, los temas áridos a la sana cursilería, la guerra al sospechoso amor, los desfiles a los bailes.
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