"Desde anoche lo que hago es llorar", afirmó con los ojos hinchados Alejandra Martínez, una ama de casa de 47 años, mientras apretaba contra su pierna izquierda al más pequeño de sus tres hijos, de tres años, que ajeno a la realidad jugaba con un tubo en la escalera de metal de una humilde vivienda de dos pisos ubicada debajo de un rascacielos abandonado que sufrió la víspera una inclinación a consecuencia del temblor.
Mirando hacia la cima de la llamada "Torre de David", en el centro de la capital venezolana, Martínez admitió sentirse muy asustada. "Estoy viviendo una pesadilla porque me imagino que algo de eso (de la torre) le caiga a mis niños encima", agregó.