GUANTÁNAMO, Cuba.- Recientemente los medios oficialistas cubanos han dedicado espacios de la prensa plana y televisiva a lo que denominan “la intolerancia miamense”.
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Entre los textos publicados por la prensa está el titulado “Indecencia”, del periodista y vicepresidente de la UNEAC (Unión de Escritores y Artistas de Cuba) Pedro de la Hoz, aparecido en Granma el pasado 19 de diciembre.
Según el periodista, la suspensión de los conciertos que Buena Fe y Alexander Abreu debían haber ofrecido el pasado diciembre allá, se debe al extremismo imperante en Miami. Aseguró también que a Pancho Céspedes le cayeron en pandilla, sin la más mínima ética, por haber criticado a un músico que participara en un show televisivo “que mancillaba la memoria del Comandante”.
Creo que lo indecente estriba en que quienes han aportado a la historia contemporánea muestras fehacientes de intolerancia le endilguen la misma conducta a los compatriotas de Miami cuando, con toda lógica, dadas las circunstancias en que iban a producirse las giras y las posiciones asumidas por esos músicos, la entidad patrocinadora decidió suspenderlas.
Aquí jamás hemos visto que el gobierno le ha permitido a un opositor tener un programa de radio o siquiera poder dirigirse libremente al pueblo y criticar el descalabro que sufre este país. Tampoco se permitió a un intelectual norteño decir algo en los medios cubanos a favor de Alan Gross.
Estos mismos que reclaman tolerancia a los cubanos de allá callaron cuando una turba penetró en la casa de la poetisa María Elena Cruz Varela y la agredió salvajemente. Callaron cuando el régimen apresó, condenó y fusiló en menos de quince días a los jóvenes que iban a secuestrar una embarcación, aunque luego desistieron de hacerlo sin haber causado daño a nadie; son los mismos que callan ante la discriminación política y social que sufren cientos de intelectuales cubanos y quienes ahora callan ante la detención de El Sexto.
Una cosa es la intolerancia y otra la ingenuidad. Los cubanos que iban a ofrecer su arte allí, y el mismo Pancho Céspedes, quien se toma la atribución, viviendo en un país libre, de coartar el legítimo derecho de otro, son probados defensores del castrismo, como indudablemente lo es Pedro de la Hoz. Además de ir allá para hacer propaganda y hasta quizás para actuar como enlaces de la seguridad cubana, van para ganar buenas sumas de dinero que luego ostentan aquí. Quizás allá hablen de tolerancia y respeto a la diversidad, pero cuando regresan y tienen la oportunidad de pedir eso mismo a sus mandantes, a quienes les tocan y cantan, callan. Como defensores del castrismo que son defienden la dictadura, la violación consuetudinaria de elementales derechos humanos y la represión a los opositores pacíficos. Premiarlos con viajes a países democráticos constituye un espaldarazo a la continuidad de esa posición que nada tiene de decente o ética y a la entrada de dinero para fortalecer al régimen. Ojalá que eso lo tenga muy en cuenta el gobierno de Donald Trump.
La posición de estas personas es copia fiel de la política castrista, que proyecta una imagen de tolerancia y de respeto a las diferencias a nivel internacional y actúa de forma bien diferente adentro, una posición que se ha fortalecido gracias a las ingenuidades de la Unión Europea y de la administración de Barack Obama.
Sería bueno que ahora que seguramente esos músicos y el periodista firmaron el concepto de revolución -¿lo habrá firmado también Pancho Céspedes?- algunos de cuyos enunciados fueron violados reiteradamente por su creador, se llenaran de un poquito de vergüenza y exigieran al partido y al gobierno que comiencen a cumplirlo ya, sobre todo esa parte que asegura que revolución es igualdad y libertad plenas. Ojalá que, además de ese poquito de vergüenza, tengan el valor de hacerlo.
FUENTE: cubanet.org
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