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Colombia

La periodista colombiana Alejandra Omaña se desnudó para cumplir una promesa

Luego del ascenso del Cúcuta a la primera división del fútbol colombiano, Alejandra Omaña Ruiz cumplió su palabra, y se sacó la ropa para una producción en la revista SoHo.

El ascenso del Cúcuta en el fútbol colombiano fue noticia semanas atrás fundamentalmente por lo deportivo, pero también causó sensación en las redes sociales. ¿Por qué? Porque la periodista Alejandra Omaña Ruiz cumplió su promesa, que en un ataque de fanatismo, hizo en la previa del decisivo partido entre su equipo y el Deportes Qundío: "Si ganamos, me desnudo", dijo Omaña, y el 4-3 de su equipo en el global (1-0 y 3-3), la obligó a cumplir con su palabra.


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¿Por qué me desnudé?

Soy cucuteña y, como la mayoría de los que nacemos allí, tengo una especie de sentido de pertenencia visceral, a veces desbordado. Así fue como sin nacer en una familia futbolera, con un papá que disfrutaba más de las corridas de toros y el ciclismo, y con un hermano con pasiones musicales, descubrí en los demás cucuteños, en el ambiente, en las esquinas y en las tiendas de barrio la pasión por el Cúcuta Deportivo. Por ende, más que aprender de jugadas, posiciones o figuras, me dejé llevar por la emoción de sentirme parte de un movimiento que se viste de rojo y negro. Cuando asistí al General Santander por primera vez, descubrí quizá un amor auténtico, con alegrías y tristezas, con aciertos y equivocaciones, pero por encima de todo, leal, porque de verdad supe que duraría toda la vida. Comprendí también que el amor por el equipo va por la sangre y se siente en el sudor que deja el sol fuerte del mediodía, viene de adentro y revitaliza tanto como volver a comer en casa después de un largo viaje.

Contra todo pronóstico, mi hermano, que se hizo músico, me vinculó directamente a los jugadores. En 2006, cuando el profesor Jorge Luis Pinto llegó a dirigir el equipo, acostumbraba a hacer una misa en el hotel de la concentración cada vez que jugaban en casa. Mi hermano cantaba en esas misas y yo, con unos 14 años, me iba tras él con la excusa de ayudarle a recoger los cables del piano y cargar los libros de las canciones. Ahí, en silencio, admiré el consagrado trabajo del profe, la altura del capitán Pepe Portocarrero y suspiré de amor por César Arias, el pelado que venía de Alianza Petrolera y decían que se convertiría en la gran figura cuando el cuerpo le diera para aguantar los 90 minutos. Eran los mejores días; verlos en la cancha, en los periódicos, luego tenerlos frente y reconocerlos. Sonreía mucho por esos días y conseguía boletas gratis para entrar al estadio.


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