Puerto Rico 20 marzo 2018

Castigo que Puerto Rico no conocía

Un recorrido aéreo, a seis meses de María, evidencia cuán fuerte fue el azote a nuestra isla que lucha por restablecerse.

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Luce como rescatada de los restos de un terrible accidente, operada de emergencia y con suturas por todas sus heridas. Pero la increíble y fantástica criatura que es el archipiélago de Puerto Rico sigue respirando y comienza a mostrar señales de recuperación a lo largo de las profundas cicatrices que le dejó el poderoso huracán María.

Así, más o menos, se puede decir que se ve la Isla desde los cielos, a seis meses del violento zarpazo de inclementes ráfagas que la atravesó de sureste a noroeste.

Desde el despegue en Isla Grande es evidente que queda muchísimo por reparar. A medida que se avanza hacia el interior del País es imposible no ver la gran cantidad de toldos azules cubriendo casas por doquier.

Sobresalen también los grandes basureros temporales donde se acopia el material vegetativo, y otros a donde han ido escombros en general. Alrededor de esas montañas artificiales se mueven incansables máquinas, tratando de reducir la basura.

En los montes, la situación no es diferente, los troncos de grandes árboles yacen secos sobre laderas, testigos de la grandeza que alguna vez exhibieron. A lo largo de las quebradas, aparecen las profundas cortadas de los golpes de agua que arrastraron consigo árboles, tierra y piedras.

En San Lorenzo, en la zona del cerro Viviana, el hematoma es severo. La naturaleza todavía no logra renacer en algunas laderas. La vista es la de un cementerio de troncos de árboles.

Pero no todo es tristeza. En un parque de pelota en Bayamón varias personas disfrutan de un juego de béisbol. En el patio de otra casa, en los campos de Caguas, varios niños juegan en una casa de brincos.

Hay trabajo en varias canteras, y algunas fincas pequeñas han vuelto a sembrar la tierra.

En lo profundo de los bosques, particularmente en los valles y cañones que lograron eludir los vientos más feroces, los helechos arborescentes se han levantado, y las palmeras tienen nuevos penachos de brillante verde claro.

En la ruta de María

Llegamos a Yabucoa. Por ahí entró el monstruo, y la costa así lo refleja. En el sector El Negro, el mar pegó con tal fuerza que la mayoría de las casas en la orilla se desbarataron.

En el sector Limones, hay otra pisada de María. Es difícil contar la cantidad de toldos azules. También hay muchas viviendas total o parcialmente destruidas, en las que quedan esqueletos de madera, ruinas de cemento, o apenas una marca sobre la tierra.

La sierra en ruta hacia Cayey parece respirar un poco mejor, con muchas señales de renovado verdor. Pero las estructuras están en ruinas. Casas, fincas, fábricas, luchan por sobrevivir, con lo que fueron sus techos aún dispersos sobre las lomas. Algunas parecen haber luchado su última batalla y están abandonadas por completo.

Una llovizna nos alcanza en el cielo de Cayey, como suele ocurrir cuando se atraviesa la Isla por el expreso. Imposible no pensar en todas la gente que más abajo, con el peculiar sonido de las gotas sobre la tela del toldo, revive una vez más la pesadilla de la tormenta.

A través de Cidra, Aguas Buenas y Naranjito, las escenas de destrucción se repiten. Los golpes directos del ciclón continúan causando un visible dolor.

En Corozal, aparece otra huella. El valle que alberga al pueblo luce invadido por los toldos azules, que en un punto parecen rodear el distintivo techo rojizo de la parroquia.

En Toa Alta, la estampa se repite y apenas vamos por la mitad de la fatídica ruta de María.

Pasamos a lo largo del radiotelescopio del Observatorio de Arecibo, esa maravilla de la ingeniería que encaró la ferocidad del huracán y, aunque perdió parte de su larga antena, continúa hoy funcionando y aportando a la comunidad científica internacional.

En el lago Guajataca, siguen a todo vapor los trabajos de reparación del dique, y el peligro de colapso que generó tantas alertas y desvelos parece ya un capítulo cerrado de la turbulenta historia de María.

El retorno a la zona metro sobre la franja costera del norte también está marcado por los infinitos recuadros azules en prácticamente todas las comunidades.

De Barceloneta a Manatí, las vaquerías vuelven a enviar el mensaje de aliento con su ganado pastando apaciblemente. En la costa, la playa Los Tubos en Manatí regala una de las vistas que recuerdan por qué muchos se refieren a Puerto Rico como un paraíso tropical. Pero por allí mismo, semienterrada en la arena, como memoria del poder del huracán una estructura de gran tamaño desfallece en ruinas víctima de la voracidad del oleaje y los vientos.

La comunidad de la playa de Puerto Nuevo, en Vega Baja, tampoco tiene en estos días ese encanto paradisíaco. Sus frágiles viviendas continúan marcadas por toldos o por la destrucción total.

En un punto de la llanura costera, parece como si hubiera caído un meteorito. Un extraño círculo de devastación ha dejado todos los árboles en el suelo sobre la tierra pantanosa manchada de marrón cenizo.

Más allá, como el barrio Ingenio de Toa Baja o el pueblo de Cataño, languidecen bajo el azul de los toldos en angustiante espera por mejores días.

Un poco más alentadora es la vista en zonas de Levittown donde la tecnología de paneles solares se ha ido instalando en numerosos techos; o en el ahora notorio almacén 5 de la AEE que luce lleno de piezas y postes; o en el muelle de San Juan donde las enormes estructuras flotantes de dos cruceros tapan parte de la vista a los edificios coloniales.

Al bajar del helicóptero, todos los de mi equipo tenemos rostros de preocupación. Compartimos la opinión de que, a pesar de las señales positivas, queda mucho, mucho, muchísimo por hacer en la empinada ruta de recuperación.

Pero este paciente ha sufrido golpizas similares de la naturaleza antes, ha estado en coma, y sus paisajes y vistas han lucido desoladoras. Y en todas las ocasiones se levantó.

Fuente: primerahora.com

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