Columnista de The Times cree que Trump prepara la presión final contra el régimen cubano tras el Mundial
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SUSCRIBITEEl columnista Roger Boyes cree que Trump podría usar el cierre del Mundial para reactivar la presión contra Cuba y buscar una victoria política
Columnista de The Times cree que Trump prepara la presión final contra el régimen cubano tras el Mundial
Roger Boyes sostiene que Donald Trump podría aprovechar el cierre del Mundial de Fútbol para volver a colocar a Cuba en el centro de su agenda internacional. Según el analista británico, la presión contra La Habana podría convertirse en una pieza clave de la estrategia política del presidente antes de las elecciones de medio término en Estados Unidos.
El columnista británico Roger Boyes, de The Times, considera que Donald Trump podría usar el final del Mundial de Fútbol como punto de giro para reactivar con fuerza su ofensiva política y diplomática contra el régimen cubano.
En su análisis, Boyes sostiene que el torneo no fue para Trump únicamente un espectáculo deportivo, sino una plataforma para proyectar poder nacional, capacidad logística, liderazgo internacional y dominio económico.
Boyes plantea que Trump necesita mostrar resultados concretos en política exterior antes de las elecciones legislativas de medio término.
En ese contexto, Cuba aparece como un objetivo de alto valor simbólico para su base electoral.
El analista señala que, tras la operación que terminó con la salida de Nicolás Maduro del poder en Venezuela, La Habana podría convertirse en el siguiente escenario donde Trump intente demostrar fuerza.
A diferencia de Venezuela, Cuba no ofrece una recompensa petrolera evidente.
Pero sí ofrece, según Boyes, una especie de ajuste de cuentas histórico con la dinastía de los Castro.
Para sectores republicanos y para buena parte del exilio cubano, Cuba representa algo más que un adversario regional.
Es el último gran bastión comunista del hemisferio occidental, una dictadura a 90 millas de Florida y un símbolo pendiente de la Guerra Fría.
Boyes sostiene que ese valor simbólico convierte cualquier avance contra el régimen cubano en una posible victoria política para Trump.
Una victoria que podría ser presentada como continuidad de una estrategia hemisférica de presión contra gobiernos autoritarios.
El columnista afirma que los mecanismos de presión sobre Cuba se han venido instalando gradualmente desde febrero.
Entre los factores que menciona aparecen la reducción del flujo de combustible hacia la isla, el agravamiento de la crisis económica, el deterioro del sistema de distribución de alimentos y el aumento de la presión sobre estructuras del régimen.
La tesis de Boyes es que Washington no estaría actuando de manera improvisada, sino acumulando presión hasta que el sistema cubano pierda capacidad de resistencia.
La crisis energética es uno de los puntos centrales del análisis.
Cuba atraviesa colapsos repetidos del Sistema Electroenergético Nacional, apagones masivos, déficit de generación, falta de combustible y termoeléctricas envejecidas.
En julio, la isla ha sufrido varias desconexiones totales del SEN en apenas días, con apagones que en algunas zonas superan las 72 horas consecutivas.
Ese deterioro aumenta el malestar social y debilita la capacidad del régimen para garantizar servicios básicos.
Boyes también considera relevante el procesamiento anunciado por Estados Unidos contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.
Para el columnista, esa decisión puede leerse como una señal dirigida no solo a la cúpula histórica, sino también a sectores de las Fuerzas Armadas cubanas.
El mensaje implícito sería que Washington está dispuesto a elevar el costo legal, político y simbólico para quienes sostienen al régimen.
La lectura de The Times apunta al calendario electoral estadounidense.
Trump necesita llegar a las legislativas de medio término con una narrativa de fortaleza.
El Mundial le permitió proyectar una imagen de liderazgo global.
Cuba podría ofrecerle ahora un frente de política exterior con fuerte impacto emocional entre votantes cubanoamericanos, republicanos anticomunistas y sectores conservadores que apoyan una línea dura contra La Habana.
Es importante subrayar que las afirmaciones de Boyes forman parte de un análisis editorial.
No se trata de un anuncio oficial de la administración Trump ni de una confirmación pública de una operación concreta contra Cuba.
Hasta ahora, la Casa Blanca no ha presentado un calendario formal de acciones orientadas a un cambio de régimen en la isla.
Sin embargo, la columna llega en un momento en que Washington sí ha intensificado sanciones, advertencias y presión diplomática contra La Habana.
Durante 2026, la administración Trump ha reforzado su estrategia de máxima presión contra el régimen cubano.
Washington ha sancionado entidades vinculadas a GAESA, al aparato represivo, al Ministerio del Interior, estructuras de control social, empresas de energía, turismo, comercio exterior y organizaciones asociadas al poder estatal.
El mensaje de Estados Unidos es que las sanciones buscan golpear al aparato que reprime y financia al régimen.
La Habana responde que se trata de una guerra económica contra el pueblo cubano.
La presión también se intensificó alrededor del quinto aniversario de las protestas del 11 de julio de 2021.
El secretario de Estado Marco Rubio advirtió que el régimen cubano debe comprometerse con reformas reales antes de que sea demasiado tarde.
Washington exige liberación de presos políticos, apertura económica auténtica, respeto a los derechos humanos y cambios verificables.
El régimen, en cambio, sostiene que no aceptará condiciones que impliquen renunciar a su sistema político.
El análisis de Boyes se publica en medio de una nueva ola de protestas y cacerolazos dentro de Cuba.
En La Habana y otras provincias, los apagones prolongados han provocado manifestaciones, quema de basura, cortes de calles y gritos de “Libertad” y “Abajo la dictadura”.
El reclamo por electricidad se ha transformado en protesta política.
Esa evolución es precisamente lo que convierte la crisis energética en un problema de supervivencia para el régimen.
Miguel Díaz-Canel y Bruno Rodríguez han acusado a Estados Unidos de intentar provocar un estallido social mediante sanciones, restricciones energéticas y presión internacional.
El discurso oficial insiste en que los apagones, la falta de combustible y la escasez responden al embargo y a una estrategia de asfixia.
Pero críticos del régimen señalan también décadas de mala gestión, corrupción, control militar de la economía, falta de inversión y ausencia de libertades reales.
Boyes interpreta el Mundial como parte de una estrategia de proyección de poder.
Según su análisis, Trump habría utilizado el torneo para mostrar que Estados Unidos puede organizar el mayor espectáculo deportivo del planeta y convertirlo en una demostración de capacidad nacional.
Cuando termine el torneo, esa energía política podría trasladarse a una agenda exterior más agresiva.
Cuba sería uno de los escenarios posibles.
El columnista menciona el caso de Venezuela como precedente.
Según su lectura, la salida de Maduro habría reforzado en Washington la idea de que la presión combinada —económica, diplomática, judicial y política— puede producir resultados.
Cuba, sin embargo, es un caso más complejo.
El régimen cubano tiene una estructura de control más antigua, más cerrada y más militarizada, con décadas de experiencia en resistir presión externa.
Boyes reconoce que el desenlace es incierto.
No afirma que un cambio de régimen sea inminente, pero sostiene que la posibilidad empieza a formar parte de la coreografía política de Trump tras el Mundial.
La pregunta central es si la presión acumulada puede provocar fracturas internas antes de las elecciones de medio término.
El régimen cubano, hasta ahora, muestra señales de desgaste, pero no de ruptura visible.
El debate no se limita a derechos humanos o política electoral.
Washington también ha elevado el tono sobre Cuba como problema de seguridad nacional.
Reportes sobre drones iraníes, vínculos con Rusia, cooperación con Irán, presencia de inteligencia extranjera y operaciones adversarias en el hemisferio han aumentado la preocupación en Florida y en la Casa Blanca.
Ese contexto refuerza la idea de que Cuba podría volver a ocupar un lugar prioritario en la agenda de seguridad estadounidense.
Mientras crece la presión, el régimen cubano intenta proyectar unidad interna.
Manuel Marrero Cruz afirmó recientemente que el equipo que conversa con Estados Unidos cuenta con el aval de Raúl Castro y Díaz-Canel.
Esa declaración buscó frenar rumores sobre divisiones internas y sobre el papel de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, “El Cangrejo”, como posible interlocutor informal con Washington.
Pero la necesidad de explicar la unidad ya revela que la presión externa está generando preguntas dentro del propio sistema.
La columna de The Times no confirma una operación inmediata contra Cuba.
Pero sí refleja una lectura cada vez más presente en medios internacionales: la isla se encuentra en una fase de vulnerabilidad extrema.
Apagones, sanciones, protestas, crisis económica, caída del turismo, falta de combustible y desgaste político han creado un escenario que Washington podría intentar aprovechar.
La duda es si Trump busca una presión final o una nueva fase de desgaste prolongado.
La tesis de Boyes alimenta el debate sobre el futuro inmediato de Cuba.
Para algunos, el régimen está más débil que nunca y una presión coordinada podría acelerar su caída.
Para otros, la cúpula cubana todavía conserva suficientes mecanismos de control, represión y negociación para resistir.
Lo cierto es que el cierre del Mundial podría marcar el inicio de una nueva etapa de la política de Trump hacia La Habana.
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